viernes, 8 de febrero de 2013

UNA SONRISA POR LA MAÑANA

Fabián se levantó esa mañana con sueño, como siempre… se tambaleó hasta la cocina y leyó su cita del día mientras tomaba un zumo de Tetra brik. El calendario de citas fue un regalo de amigo invisible, y aunque en su día se lo tomó a broma se había acostumbrado a leer su cita diaria como quien consulta el horóscopo en el diario. 

“Una sonrisa en la cara es una señal de que el corazón está en casa”

Al salir a la calle coincidió con su vecina “Es verdad que no sonreímos lo bastante” pensó y sujetó la puerta del ascensor mientras le dedicó una sonrisa acompañada de su mejor “Buenos días”. 

Doña Olivia se sorprendió por lo efusivo del saludo, y miró a su vecino como si fuese la primera vez que lo veía. Siempre lo había tenido por un chico reservado y hasta un poco huraño. Ahora le parecía afable y educado… tal vez lo había juzgado mal. Reparó también en lo mucho que se parecía a Manuel, el novio de su hija. Quizás también lo había juzgado con dureza. Esa tarde cuando la llamó su hija Ana, se decidió a darle una nueva oportunidad y le pidió que viniesen a comer el sábado.

Ana se llevó una sorpresa, pues había desistido ya de que su madre aceptase a su pareja, “y además lo ha llamado por su nombre… sabe cómo se llama!” Esos días se sentía insegura en la relación y el hecho de que su madre aprobase, o al menos admitiese la existencia de su relación, le hizo pensar que tal vez esta vez las cosas saldrían bien.

Al salir a la calle, Fabián fue consciente de lo poco que se paraba a pensar en todas aquellas personas con las que se cruzaba a diario. Al mirar a su alrededor se fijó que la ciudad ya no parecía estar llena de “gente” sino de “personas”. Cada una inmersa en su propia historia, pasando junto a los demás sin verlos, como un vigilante en un museo, que pasa junto a los cuadros y las obras que lleva tanto tiempo cuidando, sin ser capaz de verlos de tanto haberlos visto. “Caminamos unos junto a otros… sin mirarnos… sin mostrarnos”.

Fabián compró el periódico en el mismo quiosco por el que había pasado los últimos cuatro años, pero hoy miró a Paco, el quiosquero, que le entregaba su periódico con desgana y a cambio le devolvió una sonrisa y un “Gracias. Que tenga un buen día”. Paco despertó de una especie de sopor que lo tenía sumido en sus propios problemas y se sintió contagiado del buen humor y energía de Fabián. La expresión ausente que llevaba puesta todas las mañanas, se levantó como una máscara de carnaval que no lo dejaba respirar, para dejar otro rostro al descubierto. Uno que llevaba años sin mostrar en público. Sus “Buenos Días” no habían sido tan cálidos desde que abrió el quiosco hace años, y las sonrisas que le devolvían sus clientes no hacían sino avivar su buen humor. Para sus clientes ese fue un buen augurio que se llevaron con ellos todo el día. El periódico de hoy venía con una sonrisa y un buen deseo que cada uno de ellos invirtió en un buen guiso para el marido, un detalle con la novia, una palabra amable con un compañero o una llamada a la madre.

Janus tenía hambre, pero tras meses de búsqueda infructuosa, es sensación se le antojaba como un vacío que se comía su alma por dentro y le dejaba sin esperanzas. Su rostro ajado desmentía un cuerpo joven al que solo le faltaba nutrirse de alimento y trabajo para volver a sentirse fuerte. “Dos euros mas y me podré comprar una botella… después nada importa…” El joven se acercó y dejó algo en su sombrero. Luego lo miró y le sonrió. Hacía mucho que no tenía la sensación de que alguien le veía. Todos pasaban por su lado y fingían no verlo. Janus buscó en el sombrero y vio que el chico le había dejado dos euros… pero era un vale canjeable por comida… Un “Ticket restaurant” con el nombre de de una empresa. “Ese chico debe tener mi edad. Trabaja en una empresa que le da tickets para la comida… está bien vestido y come bien…” Esa tarde se decidió a pedir trabajo en una obra en la que había visto un cartel. Con el estómago lleno y una renacida esperanza. Alguien lo había mirado sin juzgarlo. Le había sonreído en vez de volver la vista. Tal vez tendría suerte también aquí.

El jefe de obra no solía aceptar trabajadores sin recomendación, pero ese día estaba de buen humor. Su novia lo había llamado. Ese sábado estaban invitados a comer a casa de su madre. 

Al cruzar la calle, Fabián vio a una mujer de unos 40 años. Laura había visto tiempos mejores, pero aun conservaba una belleza que tal vez perdió su lustre por falta de fe y por las marcas que dejan los disgustos y desengaños sobre un rostro de piel fina y delicada, al que el maquillaje no podía devolver aquello que más falta le hacía: una sonrisa que lo iluminase . Esa sonrisa sin embargo se la dedicó un joven que la miró fijamente, descaradamente, desde el otro lado de la calle “Aun resulto atractiva” pensó “Me merezco más… Merezco más que las horas que le sobran a otra mujer… No se merece que alguien como yo lo espere eternamente…”, y en ese momento decidió aceptar la oferta de su amiga Clara de presentarle a un compañero de trabajo “perfecto para ella”. El compañero resultó ser un encanto, pero sobre todo y por primera vez en años, se sintió valorada por la persona de quien más necesitaba sentirlo.

Natalia miraba al suelo, sola entre la gente con la que compartía el vagón de metro, sumida en sus penas y dudas no se fijó en el joven que estaba sentado a su lado hasta que él habló. “¿Te quieres sentar?” preguntó Fabián con una sonrisa cálida y cercana. ¿Le estaba cediendo el asiento? ¿Se notaba ya el embarazo? “No, imposible”. Pero por alguna extraña razón, por primera vez se vio a si misma como a una embarazada… “Voy a ser madre” y de pronto la idea pasó de ser aterradora a convertirse en algo nuevo… ¿Le hacía una ilusión? “Voy a tener un hijo” Esta vez una afirmación surgió de su mar de dudas y empezó a soñar despierta. Tal vez algún día este niño sería un amable joven que cedería el asiento a las mujeres en el metro… A pesar de todas las razones en contra, notó como se aflojaba el nudo que no la dejaba respirar y a cambio sentía una nueva calidez que la llenaba poco a poco, y cómo su rostro se relajaba del rictus de la preocupación para dejar salir una sonrisa que llevaba enquistada desde hace semanas…

Al llegar a su mesa, Fabián encendió su ordenador como todos los días, y mientras abría su correo pensó que le gustaría vivir una vida más relevante. Ser una de esas personas que marcan una diferencia en las vidas de los demás.

Tercer premio en el 1er (y último) concurso literario de TSDM. Abril 2009

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